Dos pesadas esferas de vacío oscuro vuelan una hacia la otra y chocan exactamente de frente. No es billar: es la colisión de dos agujeros negros iguales. El impacto hace temblar el propio espacio: son las ondas gravitacionales.
La mayor parte de ese temblor es un zumbido grave que los físicos llaman radiación de frenado. Su espectro es casi plano: en todas las frecuencias la energía es aproximadamente la misma. Pero en algún punto debe cortarse, y los autores del trabajo han adivinado dónde: en la nota propia más grave del agujero negro que queda tras la fusión. Esa nota es como el tañido de una campana enorme, solo que en lugar de bronce vibra la curvatura del espacio-tiempo.
De esa idea nació una fórmula sencilla. Relaciona la velocidad con la que los agujeros caen uno hacia el otro con la energía total que se llevan las ondas. La fórmula no tiene parámetros libres: no se ha ajustado para que encaje con los resultados. Y lo sorprendente es que, en el caso límite en que la velocidad casi alcanza la velocidad de la luz, la fórmula da el 13,8% de la energía inicial. Ese número coincide casi exactamente con los resultados de las simulaciones por ordenador más complejas, como si se pudiera predecir la fuerza de una tormenta solo con la velocidad del viento y no fallar.
Así, un simple cálculo analítico abre el camino para entender las colisiones más extremas del universo. Futuras simulaciones, aún más precisas, ayudarán a probar el modelo a velocidades que hoy no están al alcance.
Los modos cuasinormales de un agujero negro pueden compararse con una voz: cada agujero 'suena' a su propia frecuencia, y por ese sonido se puede conocer su masa y su velocidad de rotación.
En la película 'Interstellar', los protagonistas vuelan a través del espacio curvado cerca de un agujero negro, justo donde las ondas gravitacionales dejan su huella indeleble.