Un organismo vivo es una máquina que hace pasar energía a través de sí mismo y la convierte en calor. Este ciclo interno se denomina producción interna de entropía (una medida de la disipación de energía). Pero hace unos 2,5 millones de años, nuestros antepasados pusieron en marcha un segundo circuito: el externo. Tomaron en sus manos una piedra afilada y, más tarde, una rama encendida.
Los arqueólogos saben que fue entonces cuando el cerebro de los homínidos comenzó a crecer rápidamente. Los autores del trabajo relacionan este salto no con la dieta o el clima, sino con la necesidad de ponerse de acuerdo. Para mantener el fuego, se requería la acción coordinada de varios individuos. Así creció la conciencia de uno mismo y de los demás, y con ella, el cerebro. La entropía externa que genera un grupo alrededor del fuego resultó ser más poderosa que la interna que produce un organismo solitario.
El modelo matemático muestra que el tamaño del grupo capaz de cooperar creció al principio muy lentamente: un tiempo característico del orden de 20 millones de años desde un cierto punto crítico. Pero este proceso puso en marcha algo irreversible. En el ser humano conviven dos tipos de "hornos energéticos": el antiguo, celular, y el nuevo, colectivo. El conflicto entre ellos genera tensiones psicológicas que todos conocemos. Y el calentamiento global, visto a través de esta teoría, no es solo un problema técnico, sino una consecuencia directa de esa producción externa de entropía que una vez nos hizo humanos.
Así, la antigua hoguera sigue ardiendo, pero ahora a escala de toda la Tierra.
En 2,5 millones de años, el cerebro humano se ha triplicado: de 400–500 cm³ en los australopitecos a 1300–1400 cm³ en los humanos modernos, y el mayor impulso coincidió con la aparición de los primeros hogares.
En la novela "La caverna", de José Saramago, el horno de alfarero se convierte en el centro de un nuevo mundo: una metáfora de la entropía externa que transforma no solo la arcilla, sino también la sociedad.