Magnones: ondas magnéticas que recuerdan a círculos en el agua de un estanque helado. Su danza colectiva se describe mediante leyes descubiertas por Bose y Einstein. Sin embargo, a temperatura ambiente, la tormenta térmica agita la superficie, ocultando esos círculos. Para calmar la tempestad, la película con iones de hierro se enfría casi al cero absoluto, en los mismos refrigeradores donde operan los cúbits superconductores de las computadoras cuánticas. En el silencio glacial, el rayo láser, enfocado en un punto más fino que un cabello, ilumina la película. Al reflejarse, cambia ligeramente de color cuando un magnón cruza su camino, como una sirena que altera su tono. Este corrimiento de frecuencia, descrito por Planck, es captado por la espectroscopía mediante un interferómetro, un tamiz de espejos que filtra los matices deseados. La simulación reveló un efecto inesperado: el rayo calentó una pequeña zona hasta −272 °C, derritiendo un diminuto claro. Contrario a lo temido, no emborronó la imagen, sino que resaltó las ondas, como un agujero en el hielo descubre una corriente oculta. Si se reduce la pista magnética a la nanoescala, el análisis termodinámico promete la medición cuántica de magnones individuales. Ese puente entre microondas y luz será clave para la información cuántica, uniendo la óptica cuántica y los cálculos en sensores cuánticos ultrasensibles.
Para el enfriamiento se utiliza una mezcla de los raros isótopos helio-3 y helio-4. A bajas temperaturas se separan como el aceite y el agua, y este proceso absorbe calor, similar a la evaporación del sudor.