El sistema funciona como un faro cósmico. En su centro hay una enana blanca, una estrella muerta del tamaño de la Tierra pero dos veces y media más caliente que el Sol. A su alrededor gira un diminuto compañero, una enana marrón que es 20 veces menos masiva que el Sol y nunca llegó a encenderse. Está tan cerca que su materia se derrama sobre la enana blanca, formando un disco caliente. El gas, al arremolinarse, se calienta por fricción y genera un estrecho haz de radio. La rotación de la pareja, una vez cada 1.37 horas, barre ese haz por el espacio, y captamos breves destellos cuando apunta hacia la Tierra.
Por eso la fuente permaneció oculta tanto tiempo: su haz es demasiado estrecho. Para atraparlo, se usaron telescopios que analizaban la luz mediante análisis de los colores de la luz y medición del brillo. La simulación por computadora mostró que el sistema pasó por la etapa de máximo acercamiento y ahora se desvanece: es una etapa tardía de la evolución de estrellas binarias. La luz fue distorsionada por el medio interestelar y el polvo cósmico, pero se aplicaron correcciones. Un giro inesperado: el compañero resultó tener la masa de un planeta gigante, pero su cercanía a la enana blanca es tal que se está evaporando, alimentando el faro. El descubrimiento se apoya en décadas de trabajo: Subrahmanyan Chandrasekhar con las enanas blancas, Karl Jansky, pionero de la radioastronomía, y Jocelyn Bell Burnell, quien descubrió los púlsares con un haz giratorio similar.
La distancia entre la enana blanca y su compañero es menor que el diámetro del Sol: cabrían dentro de nuestra estrella.