En aceleradores como el Gran Colisionador de Hadrones se hacen chocar núcleos pesados a velocidades enormes. Por un instante nace el plasma de quarks y gluones (PQG), un estado de la materia en el que los quarks y los gluones flotan libremente, como en los primeros microsegundos tras el nacimiento del universo.
Este plasma no solo es caliente. Además gira a una velocidad vertiginosa: hasta 10²² revoluciones por segundo. Para comparar: la peonza artificial más rápida da unas 10⁵ revoluciones por segundo. La diferencia es como entre el movimiento de la manecilla de un reloj y un relámpago. Pero lo sorprendente no es eso. Lo sorprendente es que el plasma, con semejante giro, no se despedaza. Los autores del nuevo trabajo han encontrado la respuesta: la culpable es la propia expansión.
Normalmente, en un líquido, los tubos de vórtice (finos cordones de materia en rotación) pueden retorcerse y estirarse, lo que intensifica la rotación. Pero en el PQG todo es distinto. Su expansión explosiva actúa como una protección geométrica invisible: "diluye" los vórtices, impidiendo que crezcan espontáneamente. La viscosidad aquí casi no importa: todo lo decide la pura geometría de la dispersión.
Así, la naturaleza realiza un experimento elegante: el vórtice más fuerte del universo se oculta a sí mismo. Para verlo, los detectores del LHC y del colisionador RHIC tienen que captar las más sutiles desviaciones angulares de las partículas. Es como intentar oír un susurro en medio de una tormenta, pero así es como los físicos aprenden a leer la historia de los primeros instantes de la materia.
La velocidad de rotación del plasma de quarks y gluones es 10 mil millones de veces mayor que la de los púlsares más rápidos, estrellas de neutrones que ya de por sí se consideran peonzas cósmicas.