Un líquido superfluido fluye sin fricción, como agua que nunca se detiene. Pero si se le hace girar, no solo rota: cada diminuto vórtice recuerda exactamente cómo se le hizo girar. Esa "huella" no es una metáfora, sino una impresión geométrica real que los físicos llaman fase de Berry (el desfase acumulado por una onda al recorrer un camino cerrado). Michael Berry demostró que estas fases aparecen en todas partes, desde péndulos hasta sistemas cuánticos.
Los autores han construido una teoría en la que este efecto está integrado directamente en la descripción de un líquido superfluido con densidad de momento angular no nula. Las ecuaciones contienen un término con un coeficiente entero, como un contador cuántico de vueltas. De él se derivan tres consecuencias concretas. La primera es la relación relativista de Mermin-Ho, que conecta la vorticidad del líquido con la disposición de los vórtices. La segunda es el efecto Ettingshausen anómalo: si se crea una diferencia de temperatura, surge un flujo de partículas en dirección transversal. La tercera es la viscosidad Hall anómala: el líquido resiste el cizallamiento de una manera inusual que depende de la dirección de rotación.
Esta teoría no es una abstracción. Es necesaria para describir el interior de las estrellas de neutrones, donde la materia se encuentra en estado superfluido y gira a gran velocidad. También es útil para experimentos con gases atómicos ultrafríos, donde los vórtices cuánticos se observan literalmente bajo el microscopio. Un solo término, y cuánta física encierra.
En el helio superfluido, los vórtices no se fusionan, sino que se ordenan en una red regular, como los átomos en un cristal, pero hechos de rotación.
En la novela "Visión ciega" de Peter Watts, una nave alienígena utiliza vórtices superfluidos para almacenar información, casi como en esta teoría.