Dentro de algunos cristales aislantes se esconde un plasma de monopolos magnéticos: partículas con un solo polo magnético, como mitades de un imán. Su comportamiento recuerda a una multitud de diminutas agujas magnéticas sujetas por resortes en una rígida red atómica. Por separado apenas se mueven, pero basta con enviar una onda de radio de la frecuencia adecuada para que todas las agujas empiecen a oscilar al unísono, generando una resonancia colectiva. Así nace el plasma frío, que, a diferencia del plasma caliente, no conduce corriente continua.
La frecuencia de esta respuesta plasmática depende del despertar térmico de los monopolos: cuanto más caliente, más de ellos se liberan de los pares entrelazados y se unen a la danza. El movimiento está gobernado por un campo cuántico invisible, similar al electromagnético. Cuando la frecuencia entra en fase, el plasma se comporta como una nube cuántica unificada y produce un pico brusco de absorción de ondas, que detecta un analizador de espectro. El dato más sorprendente: para observar la resonancia, el cristal debe enfriarse hasta milésimas de grado por encima del cero absoluto, más frío que el espacio interestelar. Además, los invisibles hilos magnéticos entre monopolos pueden romperse y reconectarse, como las líneas de fuerza en el Sol, lo que añade una movilidad extra predicha por Maxwell y Dirac. La precisa medición por radio de esta resonancia será la primera prueba irrefutable del líquido cuántico de espín, un estado en el que los espines de los átomos están constantemente en una posición mixta. Con este tipo de materia se pueden construir cúbits topológicos, resistentes a los fallos de información cuántica, la base de la futura computadora cuántica.
Se espera que la resonancia en Ce2Zr2O7 se produzca a una frecuencia de unos 600 megahercios, casi como una señal de televisión analógica. Pero para captarla, el material debe enfriarse a milésimas de grado por encima del cero absoluto.