El cosmos está lleno de gritos que no oímos. Cada vez que un agujero negro desgarra una estrella, nace un destello cegador y, a menudo, un estrecho chorro relativista que se proyecta a miles de años luz. Pero si ese reflector apunta lejos de la Tierra, solo vemos un débil resplandor: un eco de radio que llega con retraso. Justo eso fue el transitorio AT 2019ijn, descubierto en los archivos del rastreo de radio VLASS como un punto que antes no existía. Observaciones posteriores revelaron un destello óptico sorprendentemente brillante en una lejana galaxia enana con un corrimiento al rojo de 0,273. Y un año después llegó la emisión de radio: creciente, implacable, delatando la presencia de un potente chorro que apunta 60 grados fuera de nuestra línea de visión.
Para entender la naturaleza del objeto, los astrofísicos recurrieron a las leyes de la radiación térmica. La fórmula de Stefan-Boltzmann, derivada por Max Planck, relacionó la luminosidad óptica (alrededor de 8×10⁴³ erg/s) con una temperatura de ~10⁴ K y permitió calcular el radio de la región emisora: aproximadamente 2×10¹⁵ cm, típico de la fotosfera hinchada de un evento de disrupción de marea (TDE). La curva de luz óptica sorprendió a los astrónomos: un ascenso rápido (7 días en el sistema en reposo) y un declive muy lento, algo que no es propio ni de las supernovas ni de los TDE clásicos. El escenario TDE encajaba bien: un agujero negro de masa intermedia (de 10⁴ a 10⁶ masas solares) desgarró una estrella incauta, y la materia se arremolinó en un disco de acreción. Pero lo más interesante comenzó después.
La emisión de radio llegó un año después y duró más de seis años. Su espectro no podía explicarse con una simple burbuja en expansión; se necesitaba un modelo de chorro fuera del eje. Las simulaciones numéricas con una aproximación sincrotrón mostraron que los datos se describen perfectamente con una eyección relativista estrecha, cuya energía es colosal: ~2×10⁵² erg. A modo de comparación, eso equivale a la conversión total en radiación de mil masas terrestres. Para que el Sol emitiera tal cantidad de energía, se necesitaría un tiempo muchas veces mayor que la edad del Universo. Además, el ángulo de observación fue de aproximadamente 1 radián, suficiente para atenuar el chorro cientos de veces, pero no para ocultarlo por completo. La espectroscopía de la galaxia anfitriona, en cuyos orígenes participó Edwin Hubble con su ley de corrimiento al rojo, reveló una intensa formación estelar y baja metalicidad, un entorno propicio para el nacimiento de estrellas masivas y, posiblemente, de agujeros negros.
El descubrimiento de AT 2019ijn nos obliga a revisar nuestras ideas sobre el lanzamiento de chorros por agujeros negros de masa intermedia. Normalmente se pensaba que estos «medianos» eran incapaces de alcanzar la acreción super-Eddington necesaria para formar una eyección colimada. Sin embargo, los hechos observados indican lo contrario. Quizás eventos como este sean el eslabón perdido entre los TDE «normales» y los enigmáticos LFBOT (transitorios ópticos azules rápidos), cuya naturaleza aún es objeto de debate. Los futuros rastreos del cielo en radio, como SKA y DSA, sistematizarán la búsqueda de chorros fuera del eje, y entonces podremos dibujar el cuadro completo de estas catástrofes cósmicas. Al fin y al cabo, cada susurro captado de un reflector lejano nos acerca a la respuesta de una pregunta fundamental: cómo cae la materia en el abismo y por qué a veces sale despedida de vuelta en forma de rayos cegadores.
Si el chorro de AT 2019ijn hubiera apuntado directamente a la Tierra, habríamos visto el estallido de rayos gamma más brillante, pero afortunadamente se desvió y solo observamos su «eco» en el rango de radio.
En «Contacto» de Carl Sagan, una señal de radio desde Vega desencadena un proyecto grandioso; si hubiéramos tomado la emisión de AT 2019ijn por artificial, nos podría haber esperado una aventura igual de emocionante.