Una fina película de un cristal especial, como el disulfuro de molibdeno, reposa sobre la platina del microscopio. La temperatura es ligeramente superior a aquella en la que el material se vuelve superconductor. En ese momento, comienza en él una vida oculta: por instantes aparecen y desaparecen pares de electrones: los pares de Cooper fluctuantes (uniones efímeras de dos electrones). Son como directores de orquesta invisibles que, por un breve instante, cambian las reglas de movimiento de la luz.
La luz, al atravesar esa película, se comporta de manera extraña. Sus ondas pueden absorberse de forma distinta según la dirección: en un sentido el haz se atenúa más que en el otro. Es como una calle donde los coches solo pueden circular hacia el este, y hacia el oeste el camino está cerrado. Los físicos llaman a esto dicroísmo no recíproco (diferencia en la absorción de la luz según la dirección). Otro efecto, la birrefringencia girotrópica, se parece a cómo la luz en algunos cristales se divide en dos haces, pero aquí la división depende del sentido de rotación de la onda.
La sorpresa más llamativa es cómo se comporta la absorción al variar la frecuencia de la luz. No es monótona, sino que alcanza un máximo cuando la frecuencia coincide con el ritmo de descomposición de esos pares efímeros. Es como si un péndulo oscilara con mayor amplitud cuando los empujones coinciden con su propia frecuencia natural. Al acercarse a la temperatura crítica del superconductor, el efecto se intensifica bruscamente: como un eco que se vuelve más fuerte justo en el límite del silencio.
Tal sensibilidad de la luz a la vida oculta de los electrones abre una perspectiva tentadora. Se podrían crear sensores ultraprecisos que detecten los más mínimos cambios en el material a través de cómo la luz lo atraviesa. O ayudar al desarrollo de diodos superconductores, donde la corriente fluye en una sola dirección. La fina película sobre la platina deja de ser una simple muestra: se convierte en una ventana al mundo de las fluctuaciones cuánticas (rápidos cambios aleatorios a nivel microscópico).
El efecto por el cual la luz se absorbe de manera distinta según la dirección se parece a cómo cambia el sonido de una sirena cuando un coche pasa de largo, solo que aquí no cambia el tono, sino la intensidad del haz.
En la novela 'Luz de ficción' de Peter Watts, los seres extraterrestres utilizan la asimetría de las leyes físicas para crear estructuras biológicas; algo similar podría estar en la base de los diodos superconductores del futuro.