Para esbozar el mapa de una ciudad desconocida, mirando las luces de las farolas desde la ventanilla de un avión, hay que adivinar el trazado de las calles a partir de puntos dispersos. Así es como los astrofísicos obtuvieron el retrato de la sombra de un agujero negro, un objeto que no emite luz.
Pero los puntos seguían siendo muy pocos. Los programas informáticos, entrenados en la física de Einstein, rellenaban los huecos: de miles de variantes, elegían la imagen compatible con la curvatura de la luz (lente gravitacional) y el comportamiento del disco ardiente. Para descartar sesgos, a los algoritmos se les coló un retrato falso: un divertido muñeco de nieve. Los programas también lo reconstruyeron, confirmando que la imagen final no es una alucinación, sino una conjetura colectiva donde confluyen instrumentos, teoría e intuición matemática.
Para comprobar la imparcialidad de los algoritmos, les dieron una señal falsa: sin saber del engaño, los programas reconstruyeron no solo el agujero, sino también el muñeco de nieve.
Este enfoque recuerda a «Interstellar»: allí también hubo que combinar datos de sondas y teoría para asomarse al abismo.