Dentro de cada célula bulle su propia logística: diminutos motores proteicos, como mensajeros, transportan cargas a lo largo de una red de microtúbulos. Uno de los principales trabajadores es la cinesina, que avanza utilizando la energía del ATP (la principal moneda energética de la célula). Durante mucho tiempo se intentó evaluarla como a un automóvil: cuánto combustible gasta, con qué rapidez llega. Pero distintos investigadores usaban distintas reglas y el panorama general no terminaba de encajar.
Los autores del nuevo trabajo decidieron poner orden. Construyeron un modelo unificado de «cinesina-carga» y dedujeron fórmulas para cuatro tipos de eficiencia, desde el rendimiento simple hasta medidas informático-termodinámicas más sofisticadas. El modelo tuvo en cuenta tanto los pasos discretos del motor como su acoplamiento con la carga. El resultado de la comparación fue inesperado: según todas estas medidas, la cinesina trabaja con un rendimiento bajo, a veces de solo unos pocos por ciento.
Un rendimiento tan bajo no es un defecto, sino quizá una característica. Si el motor no busca el ahorro, significa que la evolución lo ha orientado hacia otras prioridades: la infalibilidad, la velocidad de entrega o la capacidad de no dañar una carga frágil. El trabajo invita a los científicos a dejar de medir todo con la misma vara y a buscar otros indicadores más adecuados, como la rapidez y la precisión con que el motor encuentra su objetivo. Después de todo, un mensajero que ahorra gasolina pero llega tarde no le sirve a nadie.
La cinesina puede dar hasta cien pasos por segundo sin soltarse del microtúbulo, como si una persona corriera sin despegar los pies del suelo.
En el relato «Viaje al interior de la célula», del escritor de ciencia ficción Greg Egan, se describen nanobots que funcionan con los principios de los motores moleculares, casi como la cinesina.