Inmediatamente después del Big Bang, el espacio se enfrió de manera desigual. En algunos lugares pudieron formarse pliegues: hilos de energía increíblemente densos, finos como un cabello. Los físicos los llaman cuerdas cósmicas. Oscilan, chocan entre sí y emiten ondas gravitacionales: el temblor del propio espacio.
En el nuevo trabajo, los científicos añadieron a las cuerdas una propiedad especial: la superconductividad. Uno de los campos que componen la cuerda se comporta como portador de corriente. La carga eléctrica fluye por la cuerda sin resistencia, como por un cable perfecto. Los autores calcularon en una red tridimensional cómo evoluciona esa red de cuerdas en un universo en expansión y estimaron el espectro de su radiación gravitacional.
El resultado principal es que la forma del espectro de ondas gravitacionales depende de la fuerza de acoplamiento entre el campo de la cuerda y el campo de la corriente. Con un acoplamiento débil, la cuerda emite un amplio rango de frecuencias. Pero si se intensifica la interacción, la parte de alta frecuencia del espectro se hunde. Es como una cuerda de guitarra que, al tensarse demasiado, deja de vibrar con armónicos.
Ese "retrato espectral" es la clave para desentrañar la naturaleza de las cuerdas cósmicas. Si los detectores de nueva generación ven la característica caída en las altas frecuencias, será la primera evidencia de que las cuerdas no solo existen, sino que además transportan corriente superconductora. Y entonces, el fino hilo del universo temprano nos contará sobre las fuerzas que actuaron en los primeros instantes tras el Big Bang.
Una cuerda cósmica del grosor de un protón puede pesar tanto como una cadena montañosa, y su tensión es comparable a la fuerza capaz de romper un cable de acero de un kilómetro de diámetro.