La luz se congela en el borde del abismo: así se ve el horizonte de sucesos de un agujero negro ordinario. Pero en el centro de ese abismo se esconde una singularidad, un punto donde las leyes de la física dejan de funcionar. ¿Y si en lugar de un punto hubiera una cáscara dura?
Estos objetos se denominan estrellas de vacío gravitatorio, o gravastares. En la nueva investigación, los científicos fueron más allá de la imagen estática. Construyeron un modelo rotatorio de gravastar en el marco de una teoría de la gravedad modificada, aquella donde la materia y la geometría del espacio-tiempo se influyen mutuamente con más fuerza que en la teoría de Einstein. Resultó que el parámetro de ese acoplamiento modifica notablemente el potencial efectivo alrededor del objeto. La órbita circular estable más cercana (ISCO) se desplaza: la materia puede acercarse más sin caer de inmediato sobre la superficie.
Los autores admiten con honestidad: en los cálculos aún no se incluye la compleja retroalimentación de la presión de radiación. Pero ya está claro: si los astrónomos ven una región central llena de luz donde se esperaba oscuridad total, eso podría indicar un gravastar. No una singularidad, sino una cáscara dura que envuelve a la estrella.
El término «gravastar» se compone de las palabras gravitational vacuum star — estrella de vacío gravitatorio. El modelo se propuso por primera vez en 2001 como alternativa a los agujeros negros, donde en lugar del horizonte de sucesos surge una fase de «condensado gravitatorio de Bose-Einstein».
En la novela «Revelation Space» de Alastair Reynolds aparecen objetos que recuerdan a los gravastares: estructuras exóticas que ocultan una singularidad interna tras una barrera física.