Una tetera hirviendo en la estufa se evapora por completo con el tiempo; así, según las ideas clásicas, un agujero negro debería desaparecer gradualmente entre silbidos de radiación. Pero, ¿y si le añadimos un ingrediente especial a la tetera? En un nuevo trabajo, los físicos añadieron un campo escalar a las ecuaciones del agujero negro, algo así como un fondo omnipresente que modifica ligeramente las reglas del juego.
Resulta que este añadido actúa como un regulador del fuego bajo la tetera. A medida que el agujero pierde masa, su gravedad superficial (una medida de cuán fuertemente atrae) disminuye por sí sola. La radiación de Hawking, que normalmente calienta los alrededores, se vuelve cada vez más fría.
Los cálculos mostraron que la evaporación no llega hasta el final: el agujero se detiene a mitad de camino, convirtiéndose en un residuo frío y estable, diminuto pero masivo.
Lo más interesante es el destino de la información. Normalmente se pensaba que todo lo que cae en el agujero se mezcla irremediablemente y se escapa con la radiación. Aquí, como el flujo de radiación se agota, el entrelazamiento cuántico entre el agujero y las partículas emitidas deja de crecer. La información no se borra, sino que queda encerrada dentro del residuo enfriado, como una carta en una caja fuerte que ya no se abre. Esto modifica la famosa curva de Page, el gráfico que describe cómo la información regresa del agujero, y lo hace sin discontinuidades ni catástrofes en el horizonte de sucesos.
La gravedad superficial de un agujero negro con la masa del Sol es aproximadamente 150 mil millones de veces más fuerte que la de la Tierra: estar de pie en esa superficie sería como intentar mantenerse sobre una bala.
En la novela «Los pilares de la creación» de Terry Goodkind se mencionan agujeros negros fríos que guardan secretos antiguos, casi como los residuos predichos aquí.