Dos bailarines en un mismo escenario imitan los movimientos del otro incluso cuando un telón los separa. En el mundo cuántico, a esas parejas se les llama entrelazadas. Hasta ahora, los científicos solo habían probado este vínculo en propiedades internas de las partículas, como el espín, pero no en su movimiento. Y es precisamente el movimiento lo que determina cómo la materia se desplaza en el espacio e interactúa con la gravedad.
Físicos australianos enfriaron una nube de helio a una temperatura ultrabaja, donde los átomos se comportan como una sola onda. Luego, un pulso láser dividió esa onda, y al chocar las partes, se generaban pares de átomos que salían disparados en direcciones opuestas. Sus momentos resultaron estar vinculados: conociendo la dirección de un átomo, se podía predecir la dirección del otro.
Luego, los átomos pasaron por un dispositivo que reunía sus trayectorias, y un detector midió sus momentos. El resultado mostró que el vínculo entre los átomos es más fuerte de lo que permite cualquier explicación clásica. Esto significa que los bailarines realmente se sienten a través del vacío, y sus movimientos están correlacionados más fuertemente que si siguieran instrucciones preestablecidas.
La utilidad práctica aún no está clara, pero este experimento abre el camino hacia sensores cuánticos y la verificación de cómo la mecánica cuántica se combina con la gravedad. Mientras tanto, dos átomos de helio que se separaron en direcciones opuestas continúan su danza silenciosa, confirmando que el mundo cuántico no reconoce fronteras.
El detector se encontraba 848 mm por debajo de la trampa, y los átomos caían sobre él durante aproximadamente 0.416 segundos, alcanzando una velocidad de unos 65 mm/s en el momento de la detección.