Los modernos procesadores cuánticos basados en superconductores solo viven en voluminosos refrigeradores a temperaturas ultrabajas. De lo contrario, el ruido térmico destruye su naturaleza cuántica, lo que los científicos llaman decoherencia cuántica. Un solo refrigerador alberga apenas unos pocos cúbits, pero para cálculos serios se necesitan millones. La solución es conectar los refrigeradores con luz a través de fibra óptica, capaz de transmitir información cuántica. Sin embargo, en el interior los cúbits se comunican por microondas, y la fibra óptica solo entiende señales ópticas. Aquí se necesita un traductor, y los prototipos actuales funcionan como un destilador torpe: convierten el 'mosto' de microondas en 'alcohol' fotónico, pero a la salida solo hay ruido turbio.
La solución se asemeja al arte de la destilación. Los físicos idearon un protocolo donde los cúbits de diferentes módulos intentan establecer un entrelazamiento cuántico una y otra vez. Cada intento se verifica con una medición cuántica. Los ciclos ruidosos y fallidos simplemente se descartan, y varios parcialmente puros se 'destilan' juntos de nuevo, como cuando del alcohol crudo se obtiene un producto puro. Después de varias iteraciones, la precisión del enlace sube al 99%, por encima del umbral necesario para una computación cuántica confiable.
Conclusión: no hace falta esperar traductores perfectos. Ya se pueden construir sistemas cuánticos distribuidos, donde decenas de simples refrigeradores se unen en una máquina con millones de cúbits, usando las tecnologías existentes.
🎯 Los cables de fibra óptica comunes pueden transmitir fotones individuales sin atenuación significativa a lo largo de cientos de kilómetros; en eso se basa la idea de las redes cuánticas.