Un bit cuántico es como una luciérnaga que se apaga en cuanto la miras. No se puede medir en el camino. Por eso el internet cuántico hace trampa: envía pares entrelazados como sobres sellados y luego teleporta el mensaje. Las frecuencias de los cúbits y los fotones difieren en cien mil veces: es como traducir del idioma de los elefantes al de los mosquitos. Antes se necesitaba un traductor perfecto. Ahora resulta que hasta un «susurrador» mediocre basta si montamos una estafeta de entrelazamiento. La utopía se convierte en plano, y el cómputo cuántico distribuido se vislumbra en el horizonte.
🎯 Cinco órdenes de magnitud en frecuencia son un abismo: un «tic» del fotón óptico es cien mil veces más breve que el de uno de microondas. Para hacerlos amigos en un mismo dispositivo, se necesita magia ingenieril del tamaño de una moneda.
🎬 Esta arquitectura casi es la teleportación de «Star Trek»: todavía no estamos ensamblando al Capitán Kirk por el rayo, pero la transferencia de estados cuánticos sin soporte físico ya está dejando de ser ciencia ficción.