Se ha creado una configuración experimental basada en átomos fríos para verificar cuantitativamente los modelos relacionales del tiempo. Un condensado de Bose bien aislado evoluciona en una trampa conservativa, dividida por una fina barrera óptica en sectores observable y no observable, con disipación despreciable en la escala de tiempo del experimento. Inspirándose en los enfoques relacionales dentro del formalismo de Wheeler-DeWitt, se investiga la posibilidad de ordenar la dinámica del sector observable únicamente mediante grados de libertad internos. Para ello se construye un tiempo entrópico a partir de la entropía gruesa determinada experimentalmente; se demuestra que ordena de manera estable los eventos en el sector observable en ciclos repetidos de expansión y compresión. Finalmente, se deriva una ecuación de Schrödinger efectiva, parametrizada por este tiempo interno, y se muestra que reproduce la evolución medida. Los resultados crean un entorno experimental controlado para el testeo cuantitativo de las construcciones relacionales del tiempo.
Los científicos tomaron una nube de átomos más fría que el espacio y la cortaron por la mitad con un láser. Una mitad permanecía visible; la otra, oculta. En lugar de un reloj, midieron el aumento del desorden: la entropía. Gracias a ella, todos los eventos se alinearon en una secuencia clara, incluso cuando la parte visible se expandía o contraía. El desorden funcionó como las manecillas: cuanto más caos, más lejos en el tiempo. En una habitación sin ventanas, el desorden creciente es el único signo del tiempo. Siguiendo el mismo principio, la entropía permitió escribir una ecuación que describía la parte invisible: la sombra cobró voz. La idea ya la anticiparon John Wheeler y Bryce DeWitt en los años sesenta: el tiempo no es absoluto, surge de las relaciones. Ahora esto es un hecho experimental. Este enfoque abre el camino para entender el tiempo dentro de los agujeros negros, en el momento del Big Bang y allí donde el espacio-tiempo está curvado al extremo.
🎯 El desorden en un sistema cerrado nunca disminuye, y eso impone al tiempo una dirección del pasado hacia el futuro.