Cuando las galaxias chocan, sus agujeros negros supermasivos se fusionan y reciben un fuerte empujón de las ondas gravitacionales (predichas por Einstein, detectadas por los detectores de Weiss y Thorne). Antes se pensaba que el golpe aceleraba el agujero a miles de km/s y dispersaba todas las estrellas del centro, condenando los cúmulos nucleares. Pero las observaciones dicen otra cosa: existen en un tercio de las gigantescas galaxias.
La clave está en el «remolque». Como un barco en el puerto, el agujero negro se comporta de manera diferente según su velocidad. Un movimiento lento apenas molesta a los barcos alrededor. Demasiado rápido los dispersa. Pero en el rango de 500–1000 km/s, como un remolcador, arrastra tras de sí un enjambre compacto. Las estrellas se apiñan en una esfera de menos de una decena de años luz de diámetro: millones de soles en un espacio diminuto.
Sorprendentemente, este cúmulo es indistinguible de sus vecinos en color o edad. La única pista es una esfera perfecta, como si la hubiera tallado la propia curvatura del espacio-tiempo. Así, el remolque explica cómo los agujeros negros y los núcleos estelares coexisten en el centro de las galaxias.
Estos cúmulos pueden contener millones de estrellas en un área de menos de una decena de años luz: es como si todas las estrellas de los alrededores del Sol se comprimieran al tamaño de una manzana de edificios.