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El prototipo del telescopio LST-1 ha seguido con éxito la pulsación de rayos gamma de lejanos faros cósmicos: los blazares.
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En el centro de muchas galaxias brilla un faro invisible: un agujero negro supermasivo. Cuando absorbe materia, lanza al espacio un deslumbrante haz de rayos gamma. Si el haz apunta hacia la Tierra, los astrónomos ven un blazar, un punto brillante pero inconstante. El descubrimiento de estos objetos está ligado al nombre de Maarten Schmidt, quien en 1963 describió por primera vez un cuásar, su pariente cercano.
Cada fotón gamma es como una bala de energía colosal: uno de esos «proyectiles» transporta miles de millones de veces más energía que una partícula de luz visible.
El telescopio LST-1 captó los reflejos de esos rayos durante dos años. No detectó los fotones gamma en sí, sino los débiles destellos azules que generan en la atmósfera. Así se pudo seguir cómo cambia el brillo de los blazares: Markarian 501, por ejemplo, a veces se volvía decenas de veces más brillante en días, y otras se atenuaba durante meses. En colaboración con el telescopio espacial Fermi, los científicos construyeron espectros —gráficos de distribución de energía de la radiación— para diferentes etapas de actividad.
Sorprendentemente, si el haz del blazar se desviara tan solo un grado, la Tierra quedaría a oscuras y nunca habríamos conocido estos objetos.
En el futuro, la red de telescopios CTAO convertirá este monitoreo en un servicio permanente de vigilancia de los faros cósmicos, ayudando a comprender cómo los agujeros negros aceleran partículas hasta energías fantásticas.
Observar blazares permite mirar hacia atrás miles de millones de años: la luz de algunos de ellos ha viajado hacia la Tierra casi desde el nacimiento del Universo.