Dos cuerdas tensadas que se tocan al mismo tiempo suenan diferente si están unidas por una goma elástica. La energía comienza a fluir de una a otra y la altura del sonido conjunto cambia ligeramente. Algo parecido ocurre con dos puentes nanomecánicos: microestructuras grabadas en un cristal. Vibran a frecuencias millones de veces más altas que las que el oído puede percibir y están acoplados no por una goma, sino por fuerzas eléctricas.
Para medir la fuerza de este acoplamiento, los autores emplearon una técnica que recuerda al juego de 'caliente-frío', pero al revés. No buscaban un objeto escondido, sino que observaban la rapidez con la que las dos vibraciones se desincronizaban. El método resultó tan preciso que bastaron solo cuatro franjas de interferencia: cuatro breves ráfagas de señal. Es como afinar una guitarra con los primeros cuatro golpes de púa, sin esperar a que la cuerda se apague.
¿Para qué sirve tanta precisión? Los puentes vibrantes son excelentes balanzas para cargas eléctricas. Si aparece incluso un solo electrón cerca, atraerá al puente y el acoplamiento cambiará. El nuevo método permite detectar ese cambio, acercándose al límite donde se ve una única carga. Estos sensores podrían buscar campos eléctricos débiles en células biológicas o comprobar la pureza de materiales.
Dos cuerdas unidas por una goma ahora se pueden afinar con la precisión del temblor de un solo electrón. Y esto no es el límite.
Los puentes nanomecánicos vibran a frecuencias del orden de cientos de megahercios, millones de veces más rápido que el batir de alas de un mosquito.