Un agujero negro que casi ha dejado de absorber materia se parece a una tetera que empieza a hervir: por fuera todo está en calma, pero por dentro bullen procesos invisibles. Los físicos se han asomado a este mundo fronterizo, donde el espacio y el tiempo ya no obedecen las reglas habituales.
Han descrito todo lo que ocurre justo en el horizonte, esa frontera invisible de la que ni siquiera la luz puede escapar. Resulta que allí actúan dos «voces»: una responde a las oscilaciones de la forma del horizonte, y la otra, a su carga eléctrica. Juntas dibujan un panorama complejo, como un baile entre dos parejas.
Cuando la temperatura cambia, el baile cambia de carácter. A baja temperatura, las dos voces suenan fundidas, como un solo cuerpo. A alta temperatura, se separan y cada una lleva su propia melodía. Esta transición recuerda a la congelación del agua: la sustancia es la misma, pero las propiedades cambian de golpe.
El cálculo muestra que tres números juegan un papel clave: C, K y E. Determinan cuán fuertemente acopladas están las oscilaciones del horizonte y de la carga. Variando estos números, se puede hacer que el agujero negro pase de un estado a otro, como girando el mando de un termostato se convierte el hielo en agua.
Este enfoque permite asomarse a la región más misteriosa de la física, donde las partículas cuánticas se encuentran con los agujeros negros. Es un paso hacia la comprensión de cómo está hecha la gravedad a las distancias más pequeñas, donde las leyes habituales dejan de funcionar.
El horizonte de un agujero negro no es una superficie sólida. Es más bien un «punto de no retorno»: al cruzarlo, incluso la luz está condenada a moverse solo hacia dentro.