En el estudio de la gravedad cuántica, se ha analizado un modelo de Universo plano y simétrico de tipo Bianchi I. Usando la ecuación de Wheeler–DeWitt y el enfoque de Page–Wootters (donde una parte del sistema hace las veces de reloj), se obtiene una solución como suma de paquetes de ondas gaussianos. La probabilidad condicional de que el volumen del Universo tienda a cero se anula cuando el volumen se aproxima a cero: los efectos cuánticos eliminan la singularidad del Big Bang. Además, la exigencia de que la probabilidad sea positiva restringe las posibles lecturas del ‘reloj’, y esas restricciones dependen de los parámetros del paquete de ondas. Así, las correlaciones cuánticas dictan las reglas.
En física hay un dolor persistente. La relatividad general describe el origen del Universo como un punto — una singularidad donde las ecuaciones colapsan y el volumen se hace cero. La mecánica cuántica insinúa que en el momento más crítico algo no sucede como predice la física clásica. La gravedad cuántica canónica convierte el tiempo en un fantasma. La ecuación de Wheeler–DeWitt — Ĥ|Ψ⟩=0 — es como una foto de todo el Universo: sin pasado ni futuro, solo una función de onda congelada.
Sin embargo, en 1983, William Wootters y su colega propusieron una visión radical: el tiempo no nace desde fuera, sino de la correlación cuántica entre las partes del sistema. El Universo es su propio reloj. Además, la elección del reloj interno no es única: cualquier subsistema entrelazado puede convertirse en reloj para otro, generando un tiempo polifónico. Imagina una pareja de bailarines de tango en un escenario infinito sin orquesta. Sus movimientos no obedecen a un ritmo externo: el ritmo surge de su abrazo, del ajuste constante entre sí. Así, en el modelo del Big Bang, el volumen del espacio α y su grado de anisotropía β se entrelazan en una danza entrelazada, y es su interacción mutua la que marca el paso del tiempo interno.
El cálculo de la probabilidad condicional del volumen para una lectura fija del reloj mostró que el volumen cero —un punto muerto, una pausa— tiene probabilidad nula. La expansión nunca arranca de un punto; el Universo siempre está ya en movimiento, como los bailarines que no pueden detenerse sin romper el abrazo.
Este enfoque relacional cambia por completo la comprensión del origen de todo. Si el tiempo y el espacio no son más que sombras de la información cuántica, el cosmos se convierte en un escenario holográfico donde la materia, la gravedad y la superposición están entrelazadas. Futuras simulaciones numéricas tal vez muestren cómo de esta danza emergen la inflación y las mediciones cuánticas, cuyas huellas vemos en la radiación cósmica de fondo.
Este trabajo no es un simple ejercicio matemático. Tiende un puente entre la mecánica cuántica y la cosmología, donde el clásico Big Bang se desvanece en la niebla cuántica. Aún estamos lejos de una teoría completa de la gravedad cuántica, pero los contornos emergen: “el origen del Universo” deja de ser una paradoja. Quizás nuestro mundo es solo uno de los patrones en el tapiz de las correlaciones cuánticas eternas.
🎯 La paradoja de Page-Wootters (1983): sin reloj externo, cualquier cambio es una ilusión generada por el entrelazamiento. El Universo es como una película: está inmóvil hasta que pasas el dedo por los fotogramas.
🎬 Esta concepción resuena con la paradoja del bootstrap del relato de Robert Heinlein “All You Zombies”: allí el tiempo también se crea a sí mismo, sin un punto de referencia externo, enlazando causas y efectos en un bucle.