Los físicos han propuesto una forma de evitar la singularidad del Big Bang. La idea: una parte del Universo sirve de reloj para otra. Los cálculos mostraron que la probabilidad de que el volumen sea cero tiende a cero; es decir, la singularidad desaparece. El Universo no colapsa en un punto, sino que surge suavemente, como en un reloj de arena donde la arena nunca se atasca.
Normalmente, el Big Bang se representa como un punto inicial. Pero las ecuaciones de Einstein y la física cuántica dejan de funcionar allí: el tiempo desaparece. Ya en el siglo XX, Wheeler y DeWitt obtuvieron una ecuación para todo el Universo sin tiempo. Más tarde, Wootters propuso buscar el tiempo en el interior, no desde fuera, sino a partir de la propia materia. La clave fue el entrelazamiento cuántico, una conexión inseparable entre partículas distantes. Es como el mecanismo de un reloj, donde cada engranaje marca el ritmo del otro: su rotación mutua es el paso del tiempo interno.
Aplicado a un Universo en expansión (con diferentes velocidades según la dirección), el cálculo mostró: en la superposición de todas las historias posibles, la probabilidad de un volumen cero es exactamente cero. Un Big Bang sin un punto de tamaño nulo. Las simulaciones por ordenador lo confirmaron para todos los parámetros permitidos.
Así se entrelazan la gravedad y la información cuántica, y el tiempo es el paso de un reloj interno puesto en marcha por la propia materia.
🎯 La idea misma de que el tiempo pueda ser una ilusión interna surgió de una paradoja de 1983: ¿cómo pueden moverse las manecillas en un Universo que no tiene un reloj unificado?