En la superficie de una esferita diminuta viven dos campos invisibles, como dos tipos de ondas en una burbuja de jabón. Estos campos no solo oscilan por sí mismos: se influyen mutuamente de manera constante, como músicos que tocan al unísono. En el nuevo trabajo, los físicos derivaron ecuaciones exactas que describen cómo estas ondas cambian con el tiempo, se calientan y transitan al caos.
Con estas ecuaciones, los científicos midieron la "velocidad de separación" de trayectorias cercanas, el llamado índice de caos (el mayor exponente de Lyapunov). Descubrieron que, a cierta temperatura finita, este tiende a cero, como si el sistema se calmara. Esto significa que el caos cuántico nunca viola el conocido límite de Maldacena-Shenker-Stanford, una especie de "techo" para la velocidad de crecimiento del desorden. A altas temperaturas, el comportamiento se acerca al caos clásico ordinario, como si los efectos cuánticos se desvanecieran gradualmente.
Finalmente, los investigadores rastrearon cómo se entrelazan diferentes partes del sistema. Resultó que la información se mezcla extremadamente rápido, casi instantáneamente para los estándares de tales sistemas. Esto recuerda a cómo una gota de tinta se dispersa en un vaso de agua, pero aquí el proceso es mucho más veloz y afecta la propia textura del mundo cuántico.
El exponente de Lyapunov, que mide el caos, lleva el nombre del matemático ruso Aleksandr Lyapunov. Él lo ideó al estudiar la estabilidad del movimiento de los planetas, y ahora esta herramienta ayuda a comprender la gravedad cuántica.
Modelos similares aparecen en la ciencia ficción sobre el universo holográfico, donde nuestra realidad es solo una proyección desde un límite lejano, y el entrelazamiento cuántico sirve como "pegamento" del espacio-tiempo.