Cuando dos agujeros negros se fusionan, el gigante resultante empieza a repicar como una campana. Este tañido — las ondas gravitacionales — despierta un temblor en el propio espacio-tiempo. La luz que pasa por allí capta esa ondulación: la dirección de sus oscilaciones, la polarización, cambia al compás del ritmo amortiguado. De manera similar a cuando el sonido de una campana se desvanece pero conserva su tono, la polarización oscila con una frecuencia constante y se atenúa lentamente. El efecto fue predicho por Wheeler y refinado por Thorne; hoy, los modelos numéricos proporcionan cifras precisas.
Esa luz polarizada proviene de discos incandescentes de gas alrededor de agujeros negros o de chorros relativistas de los núcleos de galaxias activas. El ángulo de giro alcanza casi 10 grados — una inclinación notable, comparable al avance de la aguja del reloj en media hora. Lo fascinante: la luz, sin rozar el agujero negro, transporta su ritmo al exterior, permitiendo a los astrónomos medir la masa, el espín e incluso poner a prueba la relatividad general bajo una gravedad extrema.
Predicho en los años 50, el 'efecto Faraday gravitacional' hace que la polarización gire de forma idéntica para todos los colores, a diferencia del efecto de plasma, que afecta más a las ondas largas.