Los detectores modernos de ondas gravitacionales confirman que los agujeros negros son una realidad. El espacio-tiempo se puede comparar con un gigantesco trampolín: las estrellas masivas lo deforman. En el centro del agujero negro, según los cálculos de Karl Schwarzschild y Roger Penrose, esta curvatura se vuelve infinita: una singularidad. Sin embargo, la mecánica cuántica añade elasticidad: incluso a nivel micro, el espacio no se rompe. David Bohm descubrió que las partículas se mueven a lo largo de ondas piloto ocultas. Dentro del agujero negro, estas ondas modifican la geometría, creando un amortiguador cuántico. Cerca de la singularidad, la curvatura deja de crecer: el trampolín se flexiona, pero permanece intacto. Resultado: el interior del agujero no se interrumpe. Las trayectorias de las partículas continúan, y teóricamente se podría pasar suavemente a otra región. Lo más sorprendente: para esto no se necesita una teoría de la gravedad cuántica; bastan las mismas leyes cuánticas que gobiernan la corriente en tu teléfono.
Las ondas piloto de Bohm funcionan como guías invisibles: incluso dentro de un agujero negro, la partícula «conoce» la ruta exacta, como una canica que rueda sobre rieles ocultos.
Los escritores de ciencia ficción han soñado durante mucho tiempo con agujeros negros como portales a otros mundos. Esta hipótesis acerca ese sueño un poco más a la realidad.