El telescopio JWST escudriña el joven universo después del inicio de la expansión y encuentra en los centros de las primeras galaxias agujeros negros con masa de mil millones de soles. No pudieron haber crecido de manera normal, simplemente no habría habido tiempo suficiente. Karl Schwarzschild fue el primero en describir tales objetos, y Edwin Hubble demostró la expansión que permite mirar hacia el pasado.
La solución, quizás, está en la vecindad multidimensional. Nuestro universo es como una de dos hojas de papel apretadas entre sí: el espacio entre ellas es más fino que un cabello. El agujero negro atraviesa ambas hojas, y la materia del lado invisible también cae en el embudo común. Solo vemos la mitad de la 'dieta', de ahí el crecimiento aparentemente ultrarrápido. La luz del gas que cae produce los brillantísimos cuásares, pero parte de la masa está oculta. Esto también explica la suavidad de la radiación de fondo cósmico — una instantánea temprana del cielo: los agujeros no la perturbaron tanto.
La fusión de dos de estos agujeros debería generar características ondas gravitacionales — un temblor en el tejido del espacio-tiempo. Instalaciones como el proyecto de Rainer Weiss podrán captarlas. Y entonces escucharemos el eco de un mundo vecino sin salir de la Tierra.
🎯 Si la hipótesis es correcta, algunos agujeros negros podrían estar compuestos casi en su totalidad por materia de un universo paralelo: no hay nada nuestro dentro de ellos.