En el tenue gas cósmico —el plasma— a veces se detectan partículas solitarias que viajan casi a la velocidad de la luz. Los aceleradores habituales —ondas de choque o reconfiguración de campos magnéticos— no pueden explicar su energía. Recientes simulaciones por ordenador señalaron a un candidato inesperado: la bomba magnética. Si el plasma se comprime y expande repetidamente, la energía de esas pulsaciones no se disipa, sino que se inyecta en partículas individuales. Igual que una bomba de bicicleta que calienta el aire con cada golpe, el «bombeo» cósmico añade velocidad con cada ciclo.
Los autores recrearon en un superordenador pulsaciones similares a las que rugen cerca de agujeros negros y estrellas de neutrones. Resultó que, en solo cinco compresiones, algunas partículas se aceleraban hasta casi la velocidad de la luz. La distribución de sus energías adoptó una forma característica con una larga «cola»: hay pocos velocistas así, pero existen. El secreto de su eficacia reside en el desorden: el plasma hierve con pequeñas inestabilidades que transfieren energía desde grandes remolinos hacia las partículas más rápidas. La naturaleza simplemente sigue el camino hacia el máximo desorden, algo que comprendió por primera vez Ludwig Boltzmann.
Este «bombeo» ayuda a entender el misterioso brillo del gas alrededor de las explosiones de estrellas, en la corona del Sol, en los discos cercanos a los agujeros negros e incluso en los vacíos entre galaxias. Los astrónomos se preparan para verificar el modelo observando la radiación de estos objetos mediante espectroscopía.
La idea del «bombeo magnético» se propuso en 1958 para calentar el plasma en los reactores de fusión nuclear, y hoy explica las partículas más energéticas del universo.