En los centros de las galaxias se ocultan agujeros negros supermasivos, rodeados de discos de gas y polvo. En estos discos nacen planetas — los blanetas, parientes de los exoplanetas conocidos. Si un planeta así se acerca demasiado, la gravedad del agujero comienza a estirarlo como un chicle cósmico. Las fuerzas de marea alargan el planeta en un hilo delgado hasta que revienta, emitiendo un último destello en ultravioleta.
Los blanetas son más densos que las estrellas, por lo que soportan mayor atracción y se destruyen más cerca del agujero. Sus destellos duran horas o días — y a partir de ellos los astrónomos, usando análisis espectral, pueden inferir la rotación del agujero (curvatura del espacio-tiempo) y contar los mundos invisibles.
El giro más inesperado: a veces el agujero solo arranca las capas exteriores del planeta. El núcleo sobreviviente sigue en órbita y puede regresar, generando un destello repetido — un búmeran cósmico. Estos eventos dejan huella en ondas gravitacionales, que captan instalaciones como LIGO y el James Webb. Las ideas de Schwarzschild, Schmidt (quien descubrió los cuásares) y Thorne nos ayudan a buscar estas catástrofes silenciosas.
🎯 Un agujero con una masa de 10 mil millones de soles primero desgarra el planeta en lugar de tragarlo entero — por eso podemos ver el destello.
🎬 En 'Interstellar' se muestra un planeta cerca de un agujero negro; los blanetas reales, que nacen en discos de acreción, son mucho más fríos, pero la idea ya no es ciencia ficción.