Una gota de helio frío pasa peligrosamente cerca de un agujero negro. Pero no es una gota cualquiera: es una estrella muerta del tamaño de la Tierra, aunque con una masa comparable a la del Sol. Subrahmanyan Chandrasekhar demostró en su día que tales objetos —las enanas blancas— podían existir, y he aquí que una de ellas, de helio, se encuentra con el abismo.
Cuando la estrella alcanza el punto más cercano al agujero, las fuerzas de marea arrancan de ella enormes fragmentos. Esa materia cae al agujero negro y se arremolina formando un disco luminoso: el disco de acreción (del latín «acrecer»). En el disco nacen diminutos vórtices, cuantizados como pequeños tornados en un fluido. Hacen que el disco parpadee, y esa luz cambia cada pocos segundos.
Mientras tanto, la estrella se aleja, pero ya no vuelve a ser la misma. Por su superficie corren vórtices que estiran la enana como si fuera una bolita de plastilina. Empieza a girar y, como una peonza, emite ondas gravitacionales, ondas en el tejido del espacio-tiempo. Así, un solo encuentro deja dos huellas: una luminosa y otra gravitacional.
Una enana blanca del tamaño de la Tierra puede ser tan densa que una cucharadita de su materia pesaría varias toneladas.
En la novela «Hyperion» de Dan Simmons, los agujeros negros se usan como fuente de energía, y aquí vemos cómo un encuentro real entre una estrella y un agujero produce dos tipos de radiación a la vez.