El universo puede parecerse a una habitación donde todas las paredes son espejos. La luz de una galaxia lejana, después de dar la vuelta al cosmos, nos llega desde dos direcciones a la vez, dibujando en el cielo los mismos patrones. Los astrónomos buscan esos reflejos en la luz antigua que se enfrió después del [tag:big_bang]Big Bang[/tag]. Con modelos por computadora, predicen qué huellas dejaría un universo cerrado. Por ahora no hay coincidencias: la «copia» más cercana de nosotros, si existe, se oculta más allá de los límites visibles.
Futuros telescopios, como LiteBIRD, podrán captar sutiles pistas en la dirección de las vibraciones de esa luz y en su descomposición en colores, para medir la velocidad de expansión del cosmos. La clave también estará en las curvaturas de los rayos por objetos masivos y las ondas en el espacio-tiempo.
La conclusión más asombrosa: si el cosmos es una habitación de espejos, en algún lugar podría existir una copia exacta de la Tierra, repitiendo cada uno de nuestros pasos. Esta idea fue sugerida primero por Einstein, y después desarrollada por Lemaître y Guth, vinculando la geometría del mundo con la materia invisible y la inflación explosiva en los primeros instantes.
En un universo cerrado, un cohete que viaja en línea recta eventualmente regresaría al punto de partida, como un avión que da la vuelta a la Tierra.
Los autores de ciencia ficción exploraron esta idea hace mucho: en «Hyperion» de Dan Simmons aparecen laberintos multidimensionales, y los personajes de Philip K. Dick se encuentran con dobles en mundos cerrados.