Entre las cenizas estelares, donde mueren los soles, gira un gigante humeante. WD 1856 b, un planeta que sobrevivió al infierno de la gigante roja, ahora titila con su propia luz infrarroja. Su atmósfera está cargada de metano, como el humo de una fogata que se apaga. El descubrimiento demuestra que, incluso después de la muerte de una estrella, la vida de los sistemas planetarios continúa. Al asomarnos al espectro de este mundo, leemos por primera vez la crónica química de la supervivencia cósmica. Pronto habrá más faros como este, y el final de la evolución estelar dejará de ser un misterio.
🎯 Aunque la temperatura de equilibrio del planeta es de solo 160 K, su lado nocturno emite como un cuerpo calentado a 400 K. Este calor interno es el eco de su turbulenta migración.