Los organismos fotosintéticos dejan en su planeta una firma cósmica: cambios en la composición atmosférica y un color peculiar de la superficie. Este autógrafo es visible a través de telescopios, como el JWST, que descomponen la luz de exoplanetas lejanos en un espectro. Así, el método de espectroscopía permite buscar biofirmas — huellas de vida.
Un trazo brillante de esta firma es el "borde rojo": un salto abrupto en la reflectancia en el límite entre la luz visible e infrarroja. La clorofila deja de absorber y las células dispersan los rayos, haciendo que la vegetación sea brillante en el infrarrojo. Por eso, en las imágenes satelitales los bosques se ven escarlatas.
Pero en planetas alrededor de enanas rojas, cuya luz es más tenue que la solar, la vida podría usar pigmentos diferentes. Como descubrió Cecilia Payne-Gaposchkin, las estrellas de distintos tipos tienen composiciones diferentes, y por tanto, las posibles biofirmas varían. Las bacterias terrestres ya lo demuestran: algunas captan rayos infrarrojos hasta los 1020 nanómetros, mucho más allá del límite visible. Además, la firma de oxígeno no siempre es evidente: la fotosíntesis surgió en la Tierra cientos de millones de años antes de la acumulación de oxígeno en la atmósfera, así que un mundo con aspecto inerte podría esconder océanos de vida.
Algunas bacterias en la Tierra pueden usar luz infrarroja para la fotosíntesis, con longitudes de onda de hasta 1020 nanómetros, mucho más allá del espectro visible.
Como en 'Avatar', la vegetación de otros mundos puede brillar con colores inesperados gracias a pigmentos inusuales, y algún día los telescopios nos mostrarán esas paletas.