Un agujero negro no es solo una mancha oscura. Gira, arrastra el espacio a su alrededor y puede llevar impresas las huellas del mundo cuántico. Para describir un agujero así, hay que resolver las ecuaciones del campo gravitatorio. Es una matemática dificilísima que se vuelve casi intransitable si a las leyes de la gravedad se les añaden correcciones cuánticas: términos adicionales con potencias superiores de la curvatura.
Antes, cada caso se calculaba a mano, y para agujeros en rotación no existía un método general. Los autores del trabajo han ideado la herramienta Akribeia, un enfoque híbrido. Primero, una red neuronal adivina la forma de la solución; luego, un algoritmo espectral la afina hasta alcanzar una precisión comparable a la de un patrón numérico. Así se han construido por primera vez familias de agujeros negros en rotación en teorías con curvatura cuadrática y cúbica, incluidos casos con varios ejes de rotación.
El método no está atado a una teoría concreta. Puede trasladarse a otros problemas con ecuaciones en derivadas parciales, desde las ondas gravitacionales hasta la cosmología. La física ha conseguido una herramienta que convierte ecuaciones irresolubles en planos de la realidad.
En un espacio de cinco dimensiones, un agujero negro puede girar simultáneamente en dos planos independientes: como una peonza que gira sobre su eje y a la vez da volteretas.
En 'Interstellar', la rotación del agujero negro Gargantúa provoca olas gigantes en el planeta Miller: un efecto de arrastre del espacio que ahora puede calcularse con precisión incluyendo correcciones cuánticas.