En el centro de un agujero negro ordinario, según las ideas clásicas, se esconde una singularidad: un punto de densidad infinita donde las leyes de la física dejan de funcionar. Pero algunas teorías inspiradas en la dualidad de la teoría de cuerdas proponen sustituir ese punto por una diminuta región «difuminada». Su tamaño viene dado por la llamada longitud mínima (la distancia más pequeña posible, por debajo de la cual el espacio pierde su sentido).
Los autores del trabajo tomaron un agujero negro no singular de este tipo y observaron cómo afecta a dos fenómenos físicos conocidos: el «repique» de un campo escalar masivo (una ondulación que puede compararse con el eco de una campana al ser golpeada) y el movimiento de partículas y luz cerca del horizonte. Las ondas gravitacionales no aparecen aquí directamente, pero el enfoque en sí resuena con su análisis.
¿Qué se descubrió? Por un lado, cuanto más masivo es el campo escalar, mayor es la frecuencia de sus oscilaciones y más lentamente se amortiguan: un repique tan prolongado podría convertirse en una firma notable de estos objetos. Por otro lado, cuanto mayor es la longitud mínima, más pequeña se vuelve la sombra del agujero negro (ese silueta oscura frente al brillante disco de acreción), la frecuencia del anillo fotónico aumenta y la energía de ligadura en la órbita circular crece. En otras palabras, una misma regularización deja huellas coherentes tanto en el eco ondulatorio como en la geometría de la sombra.
Si nuestro Sol se comprimiera hasta convertirse en un agujero negro, su horizonte de sucesos tendría solo unos 6 kilómetros de diámetro, y la longitud mínima en cuestión sería miles de millones de veces más pequeña que un protón.
En la novela «La luz de las estrellas lejanas» de Greg Egan se exploran universos con gravedad modificada, donde los objetos astrofísicos habituales se comportan de manera diferente y las sombras de los agujeros negros pueden diferir mucho de las predicciones de Einstein.