El método estándar de digitalización de voz: se toman lecturas de volumen miles de veces por segundo. Es como probar un caldo con una cucharadita: cada sorbo es aguado y casi no hay detalles. El flujo de datos se hincha, aunque el significado es ínfimo.
Los científicos propusieron primero ‘reducir’ la señal de audio. La pasan por filtros que la dividen en bandas de frecuencia, obteniendo un mapa de frecuencias. Luego, las bandas se mezclan en varios canales, exprimiendo la esencia y aumentando la densidad de información. Así, de un caldo líquido se obtiene una salsa concentrada: una sola gota basta para percibir el sabor. Curiosamente, nuestro oído hace lo mismo: la membrana en la cóclea descompone el sonido en 3500 bandas de frecuencia antes de que el cerebro las combine en palabras. El método se basa en la idea de Fourier: cualquier señal se compone de ondas simples. Las redes neuronales encuentran por sí solas las combinaciones más significativas, filtrando el ruido. El resultado: a la misma velocidad de transmisión, los oyentes prefirieron unánimemente la voz ‘comprimida inteligentemente’ sobre la convencional. La tecnología será útil para las comunicaciones espaciales y los audífonos, donde la tasa de bits y la energía valen oro.
El oído interno es un analizador de espectro vivo: su membrana descompone el sonido en 3500 bandas, y solo después el cerebro las une en palabras.