En aguas tranquilas, la ruta es clara. Pero en corrientes turbulentas, el robot necesita otra estrategia. Los enfoques habituales requieren un mapa preciso de las corrientes, aunque en la realidad es imposible obtenerlo. La naturaleza actúa de otra manera: los peces sienten la presión y los remolinos justo al lado de su cuerpo.
En una corriente turbulenta virtual, los investigadores entrenaron robots para alcanzar un objetivo, dotándolos de diferentes «órganos de los sentidos». Unos conocían la dirección hacia la meta, otros medían la velocidad local del agua o su rotación (vorticidad). Algunos memorizaban las últimas mediciones para tener en cuenta la historia reciente de los empujones, como un nadador que recuerda hacia dónde le arrastraba la corriente un segundo antes.
Resultado paradójico: los robots con sensores de rotación llegaban al objetivo con más precisión, y los sensibles a la velocidad ahorraban fuerza. Pero bastaba con darle al robot una imagen general de las corrientes para que sus habilidades se vinieran abajo. El exceso de información confundía, mientras que una modesta memoria local ofrecía un rumbo fiable.
La línea lateral de los peces no solo reemplaza todo un conjunto de sensores, sino que también funciona sin la intervención del cerebro: es un reflejo que les permite esquivar a los depredadores al instante.