Un agujero negro es un lugar del que nada puede escapar. Pero algunas teorías sugieren que, en su interior, a nivel cuántico, podría rebotar y convertirse en su opuesto: un agujero blanco, que solo expulsa materia y luz.
Un grupo de físicos construyó un modelo computacional de esa transformación. Tomaron un agujero negro en rotación y siguieron la trayectoria de los rayos de luz provenientes de un disco incandescente a su alrededor, primero cuando el agujero aún era negro y luego cuando ya se había vuelto blanco. Para el agujero negro obtuvieron la imagen conocida: una hoz brillante y un vacío oscuro en el centro. Pero cuando la luz de un universo anterior atravesó el agujero blanco, la imagen resultó muy diferente.
Debido a la rotación del agujero, el espacio-tiempo se retuerce y los rayos de luz se curvan de manera extraña. En la imagen sintética aparecieron anillos asimétricos, concéntricos, de distinto brillo. Cuanto más rápida es la rotación y mayor la inclinación, más complejo es el patrón. Los autores también calcularon cómo estaría polarizada esa luz. Descubrieron que la dirección de polarización cambia bruscamente, de un anillo a otro, algo que no ocurre en los agujeros negros.
Esta polarización "fragmentada" es la clave para identificar un agujero blanco. Si futuras redes de telescopios, que funcionen como un único ojo gigante (método de interferometría), detectan ese patrón, sería un argumento sólido a favor del rebote cuántico.
La rotación de un agujero blanco retuerce el propio espacio: este efecto se conoce como "arrastre de los sistemas inerciales". Debido a él, los anillos de luz en la imagen resultan asimétricos, como si se hubieran estirado hacia un lado.
En la novela de Stanisław Lem "Fiasco", una civilización extraterrestre utiliza un agujero blanco como arma capaz de destruir sistemas planetarios enteros.