En las profundidades negras del cosmos, en la superficie de diminutas partículas de hielo, tiene lugar una construcción silenciosa. Allí, donde la temperatura cae casi hasta el cero absoluto y la radiación es intensa, el aminoácido glicina (el ladrillo proteico más simple) se une consigo mismo. El resultado es un dipéptido: una cadena corta de dos eslabones que ya se asemeja a una proteína.
Estas partículas, cubiertas de hielo de agua y moléculas simples, son auténticos laboratorios cósmicos. En el experimento, su papel lo desempeñó una película congelada de glicina. Fue bombardeada con protones (simulando los rayos cósmicos) a una temperatura de unos -260 °C. Y se registró el nacimiento de la glicilglicina. Nada de agua líquida: solo hielo y radiación.
La glicilglicina no es solo una curiosidad de laboratorio. Es el enlace peptídico más corto de la naturaleza y ya posee algunas propiedades de las proteínas, por ejemplo, puede transportar iones de cobre en la sangre.
En la novela de Carl Sagan 'Contacto', la señal del espacio contenía los planos de una máquina, pero la idea misma de que la química compleja pueda originarse en el medio interestelar resuena con este descubrimiento.