En los oscuros confines de nuestra galaxia, lejos de los brillantes cúmulos estelares, se esconden millones de agujeros negros. Son invisibles: no emiten luz ni absorben materia de manera notable. Los métodos de búsqueda habituales, diseñados para campos estelares densos, son inútiles aquí. Se necesita otro enfoque.
Los astrónomos han propuesto utilizar el propio tejido del espacio como detector. Cuando un agujero negro pasa frente a una galaxia lejana, su gravedad actúa como una lente: la luz se enfoca y el brillo de la fuente aumenta por un instante. Pero para notar este efecto se necesita una fuente muy compacta; de lo contrario, la amplificación sería demasiado débil. Las regiones diminutas de hidrógeno ionizado (regiones H II) en otras galaxias resultaron ser objetivos ideales. Su tamaño, de unos diez años luz, coincide justamente con el tamaño de la lente gravitacional de un agujero negro de masa estelar.
La pista principal está oculta en el espectro. Cuando la lente actúa, aparecen picos estrechos en ciertas longitudes de onda en la luz total de la galaxia: las líneas de emisión del hidrógeno y otros elementos. Y lo importante es que la gravedad no distingue colores. Todas las líneas se amplifican por igual, conservando sus proporciones habituales. Es como si alguien subiera el volumen sin tocar el ecualizador. Las erupciones reales, como las de las supernovas, alteran la proporción de colores. Por eso el espectro delataría el engaño.
El método tiene un punto débil: las regiones H II más compactas, que producen la mayor amplificación, están muy polvorientas. El polvo absorbe la luz visible, por lo que habrá que captar la señal en el infrarrojo y en radio. Pero incluso con instrumentos ideales, la probabilidad de detectar tal evento es minúscula: aproximadamente uno por millón de años de observación de una sola galaxia. Sin embargo, el hecho de que tal método exista da esperanza de poder mapear la población invisible de agujeros negros en los rincones más desolados de la Vía Láctea.
El tamaño de una región H II típica que buscan los astrónomos es de unos 10 años luz. Esto es aproximadamente igual a la distancia del Sol a la estrella más cercana, pero toda esta región brilla como una esfera de neón gigante.
En la novela «La esfera» de Michael Crichton, una señal extraterrestre resulta estar codificada en el espectro de una estrella lejana; aquí, la propia gravedad de un agujero negro 'decodifica' por un instante detalles ocultos de galaxias lejanas.