El plasma es un gas en el que los electrones se han separado de los átomos y se mueven libremente. A veces, en ese gas, surgen espontáneamente regiones donde casi no hay electrones: se les llama agujeros. Como si en una corriente de agua apareciera un remolino que atrae todo lo que está alrededor. Pero cómo nace exactamente ese remolino ha sido durante mucho tiempo un misterio.
Hasta ahora, los físicos solo sabían describir dos estados: antes de que aparezca el agujero y después. Primero, las partículas se mueven suavemente, como el agua en un río ancho. Luego algo cambia y parte de los electrones cae en una trampa, como hojas arrastradas por un remolino. Pero el momento mismo de la transición entre esos estados seguía siendo un punto ciego. Como si entre un río tranquilo y una cascada rugiente no hubiera ningún escalón, aunque el agua de alguna manera lo supera.
Los autores del nuevo trabajo proponen una forma de tender un puente sobre esa brecha. Utilizan un recurso matemático que une dos descripciones diferentes en el límite donde nace el agujero. Resulta que aquí es clave tener en cuenta las colisiones por pares de partículas, como si en el remolino no solo importara el movimiento de toda la masa de agua, sino también cómo chocan las gotas individuales.
Este enfoque no solo llena un vacío teórico. Ayuda a predecir qué agujeros sobrevivirán después del período transitorio y cómo se moverán. Y eso es importante tanto para comprender el plasma cósmico como para los dispositivos de laboratorio donde el plasma se confina con campos magnéticos.
Los agujeros en el plasma pueden acelerarse espontáneamente cuando los electrones atrapados salen disparados de ellos, como un globo que vuela en una dirección mientras expulsa aire en la otra.