El cielo nocturno parece un puñado de chispas idénticas. Pero entre ellas se esconden auténticos gigantes: las supergigantes rojas. Son estrellas cientos de veces más anchas que el Sol y brillan con tanta intensidad que se ven desde distancias enormes. Parecería que no hay mejores faros para un mapa de la galaxia. Sin embargo, hasta hace poco los astrónomos solo conocían unos cientos de estos objetos, demasiado pocos para delinear los brazos espirales.
La situación cambió gracias al telescopio espacial Gaia. Este toma espectros, las "huellas dactilares de arcoíris" de la luz, de cientos de millones de estrellas. En esas huellas están codificados la temperatura, la composición química y otras propiedades. Procesar semejante montaña de datos a mano es imposible, así que los científicos entrenaron una red neuronal. Esta examinaba el espectro de cada estrella y evaluaba la probabilidad de que fuera una supergigante roja. Para no depender de una configuración aleatoria, el entrenamiento se repitió diez veces con diferentes conjuntos de datos. En el catálogo final solo entraron las estrellas que la red neuronal reconoció con seguridad como supergigantes rojas en al menos ocho de las diez ejecuciones. Así se lograron descartar los falsos positivos y quedaron 2436 candidatas fiables.
Cuando las nuevas supergigantes rojas se colocaron en el mapa, se alinearon a lo largo de los brazos espirales de la Vía Láctea. Junto a ellas también aparecieron estrellas jóvenes y calientes de tipo espectral OB. Esta coincidencia no es casual: ambas nacen en los mismos viveros estelares, las nubes gigantes de gas. Esto significa que las supergigantes rojas pueden servir realmente como indicadores fiables de la estructura galáctica. Ahora los astrónomos tienen una herramienta para precisar la forma de los brazos y entender cómo se ve la Vía Láctea desde fuera.
La supergigante roja Betelgeuse, en la constelación de Orión, es tan grande que, si estuviera en lugar del Sol, sus capas externas alcanzarían la órbita de Júpiter.