Cada pensamiento deja una huella: un débil destello eléctrico en el cuero cabelludo. Un dispositivo con decenas de cables, parecido a un gorro de natación, capta esas huellas y las convierte en líneas onduladas. Con ellas se puede intuir lo que una persona siente, incluso si permanece en silencio. En este nuevo estudio, tres programas informáticos compitieron para ver cuál leía con mayor precisión esas líneas y determinaba si el estado de ánimo era malo, tranquilo o bueno.
El primer programa, la regresión logística, funciona como un secretario meticuloso: clasifica las señales y busca límites claros. El segundo, las máquinas de vectores de soporte, actúa como un estricto guardia fronterizo que traza una línea entre clases con el máximo margen. El tercero, el bosque aleatorio, reúne cientos de pequeñas decisiones en un veredicto conjunto, como una bandada de gorriones donde cada ave observa el problema desde su rama y, juntas, encuentran el alimento sin equivocarse.
Las pruebas mostraron que el bosque aleatorio reconoció las emociones con mayor precisión que los demás. Su exactitud y su métrica F1 (el promedio entre precisión y exhaustividad) superaron a las de los otros dos programas, e incluso a las de los mejores modelos anteriores. Esto significa que el bosque captó mejor cómo "suena" el cerebro ante la alegría, la ansiedad o la indiferencia.
Este enfoque podría aplicarse en dispositivos inteligentes que se adapten al estado de ánimo, desde juegos que cambian su trama hasta asistentes que detecten la fatiga del conductor. Pero antes de un uso generalizado se necesitan más datos: por ahora la muestra fue limitada, y el bosque tendrá que demostrar su valía con nuevas personas.
El electroencefalograma capta señales de apenas unos microvoltios, un millón de veces más débiles que el voltaje de una pila.