La luz de una estrella lejana, tras atravesar el aire y las lentes del telescopio, pierde nitidez, como si miraras un farol a través de un vidrio mojado. Los astrónomos llaman a este desenfoque la «huella dactilar» del telescopio: cada instrumento tiene la suya propia y hay que conocerla al detalle.
Antes, esa «huella» se tomaba por partes: cada chip fotosensible de la cámara se procesaba por separado y la imagen general perdía coherencia. Ahora, la red neuronal aprende con miles de imágenes de estrellas del telescopio «Subaru» y reconstruye el desenfoque por sí misma en todo el campo de visión, como un restaurador que recupera un fresco a partir de fragmentos conservados.
Esto es clave para lo principal: a partir de las distorsiones apenas perceptibles en las formas de las galaxias lejanas, los científicos calculan a qué velocidad se expande el universo. Cuanto más preciso sea el desenfoque, menos errores habrá en esos cálculos. El nuevo método se prepara para usarse en un futuro estudio del cielo en el que cada noche se fotografiarán millones de estrellas.
La atmósfera terrestre desenfoca la luz de las estrellas igual que el agua desenfoca las piedras del fondo de un arroyo: cuanto más profundo miras, más tiembla la imagen.
En la serie «The Expanse», los astronautas corrigen las imágenes de los telescopios sobre la marcha; sin un modelo preciso del desenfoque, sus mapas de mundos lejanos serían inútiles.