Un bloque de hielo vuela a través del sistema solar en una trayectoria abierta: entra desde el espacio interestelar, rodea el Sol y vuelve a sumergirse en la oscuridad. Estas cometas interestelares ya llevan consigo todo lo necesario para el vuelo: hielo que se puede evaporar y usar como combustible, y una rotación que por sí misma cambia la orientación del cuerpo. Solo queda dirigir ligeramente.
Los investigadores se preguntaron: ¿cuántos motores se necesitan para convertir una cometa así en una nave controlable? La respuesta es sorprendentemente modesta: cuatro. Un motor principal y tres auxiliares, colocados en círculo cada 120 grados. Cuando la cometa gira, los motores auxiliares se encienden y se apagan en los momentos adecuados, generando empuje en la dirección deseada. El motor principal funciona con menos frecuencia, pero es el que marca el rumbo general, utilizando la rotación como mecanismo natural de giro.
Este enfoque no requiere un sistema complejo de control de orientación. Todo el truco está en sincronizar los encendidos del motor con la rotación del cuerpo. Los autores del trabajo describieron formalmente qué trayectorias son alcanzables con una curvatura de giro limitada y demostraron que incluso con una pequeña inclinación del eje de rotación el resultado se mantiene. Esto abre la puerta a misiones económicas de décadas de duración y a la posible protección de la Tierra frente a cuerpos celestes peligrosos.
Una cometa interestelar puede llevar tanto hielo que, al evaporarse, sería suficiente para años de funcionamiento del motor: el combustible ya está a bordo, solo hay que derretirlo.
La idea de construir una base en una cometa y viajar en ella hacia otra estrella aparece en la ciencia ficción, por ejemplo en la novela 'Cita con Rama' de Arthur C. Clarke.