Se calienta un trozo de aleación de aluminio y, en silencio, cuenta su resistencia. Solo hay que saber escuchar esa historia en la forma en que el metal absorbe el calor.
La forma habitual de saber cuán resistente es una aleación es estirarla hasta que se rompa. Eso lleva tiempo y destruye la muestra. En el nuevo estudio se optó por otro camino: se registró cómo la aleación absorbe el calor al calentarse y se entregaron esos registros a un programa. El programa comparó las "huellas térmicas" con pruebas de tracción reales y aprendió a predecir tres magnitudes importantes: el límite elástico, la resistencia máxima y el alargamiento uniforme. El error de predicción resultó pequeño: unos 14 megapascales para el límite elástico. Para que te hagas una idea, es como la diferencia de peso que soporta un alambre del grosor de un lápiz.
El programa no se limitaba a memorizar ejemplos. Cuando se le mostró una aleación que no había visto antes, la precisión cayó drásticamente. Pero bastó añadir una o dos muestras de esa nueva aleación para que la predicción volviera a ser fiable. Esto significa que el método se puede ajustar rápidamente a nuevas composiciones directamente en la línea de producción.
Este enfoque convierte el análisis térmico ordinario en una forma rápida de evaluar la resistencia. Una fábrica podría comprobar el metal en minutos, no en horas, y descartar lotes defectuosos antes de costosas pruebas mecánicas.
Las aleaciones de aluminio de la serie 6xxx son las mismas que se usan para carrocerías de automóviles y cuadros de bicicletas. Su resistencia depende de partículas diminutas que crecen dentro del metal durante el envejecimiento, es decir, cuando se mantiene a temperatura ambiente o elevada.