En una rendija estrecha entre dos láminas, el agua del aire húmedo se acumula por sí sola: es la condensación capilar. Si la rendija tiene solo unos pocos nanómetros de ancho, el agua ya no se comporta como un líquido continuo: cada molécula cuenta. Pero cómo se llena exactamente esa rendija, ¿en capas o de una vez?, no estaba claro hasta ahora.
Los investigadores fabricaron capilares a partir de capas de material de un átomo de grosor y, con un microscopio de fuerza atómica, siguieron cómo se deformaban las paredes al entrar el agua. Las paredes flexibles dejaban pasar el agua gradualmente: cada nueva capa de moléculas añadía unos 0,3 nanómetros al grosor de la película de agua. Las paredes rígidas, en cambio, se llenaban bruscamente, de un solo salto.
La diferencia se explica por la lucha entre dos fuerzas: la energía necesaria para doblar la pared y la interacción del agua con la pared, que cambia según la distancia. Cuando la pared se dobla con facilidad, le conviene dejar entrar el agua capa por capa, siguiendo el relieve ondulado de la interacción. Una pared rígida no puede doblarse, así que el agua entra de golpe en cuanto la ganancia por llenarse supera la resistencia.
Este descubrimiento muestra que la naturaleza molecular del agua puede cambiar radicalmente los fenómenos capilares habituales, desde la humectación del suelo hasta el funcionamiento de los dispositivos de microfluidos. Y la elección entre un llenado gradual y uno abrupto depende solo de la flexibilidad de las paredes.
El grosor de una capa de moléculas de agua es de unos 0,3 nanómetros. Es diez mil veces más fino que un cabello humano.