Un alambre de cobre bajo el impacto de un láser es como una cocina donde el chef enciende la estufa y vigila el cronómetro al mismo tiempo. Los átomos de cobre comienzan a bailar, perdiendo el orden de la red cristalina, y los electrones, como camareros en el salón, sienten el cambio al instante. Pero, ¿cuánto desorden se necesita para que lo noten? Resulta que basta con el comienzo mismo de la fusión.
Los científicos dispararon pulsos láser individuales de distinta intensidad contra finas películas de cobre. Un dispositivo especial medía cómo la radiación de terahercios (algo intermedio entre una onda de radio y la luz infrarroja) atravesaba el metal en los primeros picosegundos tras el destello, es decir, billonésimas de segundo. Con estos datos se calculaba la conductividad: la capacidad del cobre para dejar pasar la corriente eléctrica. Antes de la fusión, los electrones chocaban constantemente con los límites entre los granos microscópicos del metal, como corredores en una pista con vallas. Pero cuando el cobre comenzaba a fundirse precisamente desde esos límites, las barreras desaparecían y la corriente se volvía más fuerte por un breve tiempo.
El modelo informático confirmó que los átomos y los electrones no pueden actuar por separado aquí. La fusión no es solo el derretimiento del cristal, sino una reorganización instantánea de los caminos para la corriente eléctrica. El pulso láser, que se suponía que lo destruiría todo, hace que el metal sea momentáneamente más conductor. Ese mismo chef, al encender la estufa, sin querer abre a los camareros un atajo a través de la cocina.
Ahora está claro: las mediciones ópticas ultrarrápidas pueden mostrar el momento exacto en que comienza la fusión. Esto es importante para el procesamiento de materiales con láser y para comprender cómo se comporta la materia en condiciones extremas.
Un picosegundo es una billonésima de segundo. En ese tiempo, la luz recorre solo un tercio de milímetro.