En el centro de un enorme embudo que lo succiona todo, una pequeña esfera cae en espiral. Mientras gira, se genera un zumbido grave: es el propio espacio el que tiembla, y a ese temblor lo llamamos ondas gravitacionales. Su frecuencia aumenta y el tono se eleva, igual que el sonido de una sirena al pasar. En la realidad, el embudo es un agujero negro y la esfera, una estrella de neutrones o un agujero negro pequeño. Las parejas con una gran diferencia de masas se denominan extremas.
Pero la tela del embudo quizá no sea perfectamente lisa. Bajo un gran aumento, podría resultar granulosa, como papel de lija. Esa granularidad la predicen las teorías de gravedad cuántica: a distancias ultracortas, el espacio deja de ser continuo. Los autores del nuevo trabajo han comprobado si podríamos oír esa granularidad en el zumbido de la estrella que cae. Tomaron un modelo de agujero negro cuántico en rotación (llamado qOS) y calcularon cómo un pequeño añadido cuántico, el parámetro α, desplaza la fase de la onda. Dos músicos tocan la misma melodía, pero uno va ligeramente retrasado. Al cabo de un minuto, la diferencia se hace notable. Aquí ocurre igual: a lo largo de meses de aproximación se acumula un desfase que se puede detectar.
El resultado es doble. Por un lado, el desplazamiento cuántico realmente se acumula y cae dentro de la zona de sensibilidad del futuro detector LISA. Por otro, la rotación del agujero actúa como un lubricante: cuanto más rápido gira, más débil se manifiesta la 'ondulación' cuántica. La corriente rápida de un río oculta las irregularidades del fondo; aquí ocurre lo mismo. Por tanto, para escuchar el susurro cuántico, los astrónomos tendrán que medir con mucha precisión la rotación del agujero. De lo contrario, la señal podría pasar desapercibida.
Así, los objetos más grandes del universo, los agujeros negros, podrían convertirse en un microscopio para la estructura más diminuta del espacio. La estrella que cae, como una aguja en un viejo fonógrafo, nos reproduce una melodía en la que están codificadas las leyes del mundo cuántico. Y en el zumbido de ese embudo esperamos escuchar el suave susurro de la granularidad cuántica.
La onda gravitacional de la fusión de agujeros negros estira y comprime el espacio en una cantidad mil veces menor que un protón, pero los detectores aún así lo perciben.
En la novela 'Contacto' de Carl Sagan, los extraterrestres transmiten los planos de una máquina que utiliza efectos cuánticos del espacio-tiempo, casi como en este trabajo, donde se buscan correcciones cuánticas en las señales de los agujeros negros.